24/06/2009 | Memorias | centros

Ana Longoni
“Escritora, investigadora y profesora de la UBA, autora del libro Traiciones”


La escritora, investigadora y profesora de la UBA que dirige el grupo de investigación “Artes plásticas e izquierdas en la Argentina del siglo XX” estuvo de paso por Córdoba, donde vino a exponer algunos de sus trabajos convocada por la Universidad Nacional de Córdoba.
Ana Longoni también hizo tiempo para dialogar con H.I.J.O.S. sobre la figura de los sobrevivientes del terrorismo de Estado y la construcción del estigma de traidores que pesa sobre muchos de ellos. Esta temática fue abordada en su libro “Traiciones” editado en 2007 y en el cual recorre con agudeza cómo se nombra a los sobrevivientes de los centros clandestinos de desaparición en algunos relatos literarios sobre la década del 70.
En el marco de su estadía a nuestra ciudad, Longoni también visitó los sitios de memoria que se construyen en los ex centros clandestinos La Perla y la D-2.




H.I.J.O.S.: Estuviste recorriendo algunos sitios de memoria de Córdoba, contanos que impresiones te generaron.

Ana Longoni: Hoy fui a La Perla, y cuando vine hace un mes, conocí el Archivo Provincial de la Memoria en lo que era la D2. Te diría que en contraste con otros sitios de memoria que conozco en Buenos Aires, lo que vi acá parece tener una dinámica distinta. Primero es un lugar que se percibe impulsado por equipos en los que conviven productivamente el trabajo y la mirada de gente vinculada a los organismos de DDHH articulada con la perspectiva de gente que viene investigando el tema en ámbitos universitarios. Pero sobre todo percibí una gran vitalidad y una inserción asombrosa en la sociedad. Eso se nota, por lo menos en la D-2, con la cantidad de gente joven que está recorriendo y habitando el espacio, al participar en las distintas propuestas. También encontré un interesante nivel de riesgo, en los dispositivos de memoria que se atreven a experimentar en ese lugar de memoria, generando recursos para activarlo, y preguntándose cómo interpelar ejercicios de memoria de una experiencia para la gente de nuevas generaciones que no vivió en los años 70. Me pareció un proyecto sumamente arriesgado, en el mejor de los sentidos, por no paralizarse y animarse a hacer pruebas, a la vez que estar dispuestos a rectificar si alguna de esas pruebas no funciona. Es cierto que por momentos me pareció que caía en cierto esteticismo o fetichización, pero en otros los resultados me resultaron muy potentes. Lo que más me gustó es la propuesta a las familias o amigos de los desaparecidos de construir álbumes con relatos de vida y también el ritual de colgar las fotos cada jueves en el pasaje Santa Catalina. Lo que más ruido me hizo es el cuartito donde están expuestos los objetos, la motoneta, el vestido… Me pareció que ese recurso puede caer en cierto fetichismo del objeto que fue del desaparecido convertido en pieza de museo. Puede tener un sesgo complicado, pero la verdad es que la experiencia en su conjunto me pareció muy potente y su condición en proceso, su capacidad de replantearse y transformarse es sorprendente.

Visitar La Perla fue también muy impactante, en su notorio contraste con la ESMA. Un lugar que hace dos años fue otorgado, hace un par de meses se abrió a las visitas y ya está activo e instalado, a la vez que vital y en proceso. Me contaron que van hasta allí los chicos del pueblo vecino en bicicleta a pedir visitas guiadas. También noto un nivel de riesgo en la propuesta, todavía más incipiente, por ejemplo al incorporar en las tarjetas los testimonios de los sobrevivientes que no componen un relato uniforme sino un mosaico de voces y experiencias extremas y heterogéneas, a veces contradictorias entre sí. La capacidad de albergar los testimonios de quienes se acercan a La Perla y tienen mucho para decir sobre lo que allí aconteció, siempre que se preserven ciertas condiciones de respeto, cuidado y escucha. Eso está ocurriendo allí y me parece muy valioso y valiente. El lugar donde funcionó La Perla tiene una arquitectura muy neutra y anodina, una construcción que podría estar destinada a cualquier uso, que no dice nada. Un sitio donde esa dimensión perturbadora o siniestra que es tan fuerte en la ESMA, se diluye quizá por estar en el medio del campo, en medio de un aire tan bucólico. Es todo un desafío componer un recorrido que dé cuenta de las dimensiones del horror de lo que allí aconteció sin caer en efectismos truculentos o estetizaciones del horror. Dentro del recorrido, el momento que me pareció absolutamente cargado y shockeante, sin saber de antemano qué función había cumplido ese espacio, es cuando se entra en “La Cuadra”.

H: ¿Imponente?

Ana: Muy perturbador.

H: La supervivencia a estos sitios es un tema muy difícil de abordar, los que quedaron vivos fueron sospechados y acusados de todo tipo de cosas. ¿Cómo llegaste a escribir un libro sobre este tema tan complicado?

Ana: El libro tiene para mí una historia bastante larga. Más que el libro el tema o la inquietud. La dedicatoria dice bastante al respecto: Traiciones está dedicado a dos amigos muy queridos, Mariana y Daniel. Ambos son hijos de padres secuestrados y acusados de traición. En el caso de la mamá de Mariana en la Esma y el de Daniel en la Quinta de Funes, Rosario. A su vez ellos mismos padecieron también el secuestro siendo muy chicos. Mariana tenía 9 años cuando estuvo unas horas secuestrada junto a su padre agonizante en la Esma, y en el caso de Daniel, que tenía 17 años y había entrado a Montoneros después del secuestro de su padre, fue secuestrado en La Plata y estuvo unos meses en el Olimpo. No solamente sobrevivieron ellos a sus secuestros, con todo lo que ello acarrea, sino que padecieron el efecto devastador de las historias que empezaron a circular sobre sus padres, acusándolos de traición. Yo conviví con esas acusaciones desde chica, porque soy amiga de Mariana desde el exilio, y entre la comunidad de argentinos exiliados estaba vedado, de alguna manera implícita, ir a la casa en que ella vivía con su madre. A Daniel lo conocí en La Plata antes del golpe (él, su hermanito y su madre ya vivían en la clandestinidad) y me reencontré con él, mágicamente, luego de mi regreso a la Argentina. Acababa de salir Recuerdo de la muerte y no puedo olvidar el dolor que le provocó a Dani, que todavía buscaba a su padre, el relato que ese libro puso en circulación sobre la conversión del dirigente en un “gran traidor”, aún más vil que los milicos torturadores según la construcción que hace Bonasso. Siempre me resultó inquietante no poder formular una explicación a eso que ellos estaban viviendo, y que ni siquiera alcanzábamos a poder hablar entre nosotros. Durante muchos años me lo pregunté y no tuve respuestas. Para mi fue crucial encontrarme con el libro de Pilar Calveiro Poder y Desaparición, que salió en 1997. Leerlo fue clave para empezar a balbucear algunas preguntas, darles una forma decible. Volver a esos libros que me habían perturbado tanto como el de Bonasso, el de Heker, y leerlos desde otro lugar.

traiciones.jpg

H:-Atraviesa también tu propia historia, de chica estuviste exiliada...


Ana: Claro. Como ya mencioné en el entorno del exilio se evidenciaba un estigma muy fuerte sobre los que habían sobrevivido y eso se traducía en cierto mandato hacia un chico, una chica en mi caso, respecto de lo que es admisible éticamente y lo que no. H- ¿Fue una necesidad para vos escribir el libro? Ana: Si bien partió de la necesidad de articular algo, más preguntas que respuestas, respecto de esta experiencia que padecieron estos amigos y muchos otros, creo que luego la escritura pudo avanzar más allá de casos particulares y experiencias puntuales para intentar pensar una dimensión más colectiva y presente.

H: ¿Crees que el caso argentino es particular en cuanto al estigma hacia los sobrevivientes, o se repite en el mundo en países que vivieron procesos represivos similares?

Ana: Sospecho que no. Quizá yo pensaba inicialmente que era algo peculiarmente argentino, por la supervivencia de un código ético sacrificial en la militancia, como parámetro para medir lo ocurrido al interior de los centros clandestinos. Pero después de la salida del libro varias personas me señalaron que autores como Semprún o Levi u otros, que han trabajado sobre la experiencia de los campos de concentración nazis, plantean tópicos bastante parecidos. Padecer la auto-culpabilización por haber quedado vivos luego de la experiencia límite de los campos de concentración es algo muy presente en muchos relatos de sobrevivientes del holocausto nazi. Cómo explicarse haber sobrevivido cuando la inmensa mayoría no sobrevivió. La pregunta insistente “¿Por qué estoy vivo?” implica sentirse como un elegido pero a la inversa, por una mácula imborrable, un estigma. Así que creo que en un paralelo con la SHOA, con el exterminio de judíos, gitanos y militantes durante el Nazismo, se pueden encontrar situaciones parecidas. También me señalaron algo semejante respecto al partido comunista y otros partidos de izquierda. Habría cierta caracterología del militante de izquierda que tiende a la culpabilización o responsabilización. Una franca intolerancia, no sólo ante el sobreviviente, la cárcel y la tortura, sino más en general ante el “quebrado”, el que se va de la organización o tiene diferencias. El que cambia de posición, se corre o revisa ciertas elecciones, y por tanto es (des)calificado como un traidor. Se trata de una matriz de pensamiento binaria muy esquemática, que rápidamente expulsa a ese otro y lo estigmatiza antes que procesar la crítica y la diferencia, el error e incluso la derrota. Tiene mucho que ver con la lógica sectaria, con la idea de preservar la pureza, un pensamiento sin fisuras, sin quiebres.

H: A qué crees que se debe eso de poner la negatividad en el otro, ¿quizá tenga que ver con no asumir una autocrítica?

Ana: Muy probablemente. Tiene que ver con la concepción del grupo o partido como vanguardia iluminada. Además el pensamiento sectario queda en formulaciones muy distanciadas de la realidad, concebidas como una especie de verdad o certeza que se aplica al análisis de cualquier situación. Me parece que esta expulsión o estigmatización del otro como traidor es muy funcional al pensamiento sectario. También en el libro bosquejo la idea de que hay en la cultura argentina una cierta e insistente tópica del traidor, en la literatura por ejemplo abundan ejemplos, desde Arlt a Borges, que construyen figuras del traidor muy complejas, ambiguas y ambivalentes. El traidor como héroe, el héroe como traidor, que podrían constituir una cierta saga. Sin embargo no me animaría a afirmar que la estigmatización del sobreviviente como traidor sea un rasgo de la cultura argentina. Me parece que sin dudas se pueden encontrar muchas situaciones comparables.

H: ¿Qué es lo que cuentan los relatos de los sobrevivientes que generan tanta incomodidad para escucharlos?

Ana: Podríamos partir de una cierta periodización de los relatos. Hay diferentes momentos dentro de lo que nombro como “la inaudibilidad” de los relatos de los sobrevivientes. Fueron los primeros que contaron ya en el `78, `79, cuando pudieron salir del país, ante organismos internacionales y quienes quisieran escucharlo, lo que estaba sucediendo a causa de la represión clandestina en la Argentina. Y lo que muchos relatos tenían que decir, además de poner en evidencia la dimensión del exterminio y sus procedimientos siniestros, fue la sospecha firme o en algunos casos la triste certidumbre de que muchos desaparecidos habían sido asesinados. Los había masacrado dentro de los centros clandestinos. Y eso, para los familiares que reclamaban la aparición con vida, era insoportable de escuchar. Estaban poniéndole palabras a eso que se hacía intolerable porque lo que se esperaba era que volvieran con vida, que aparecieran. Lo que era alentado además por la misma construcción de la figura del desaparecido ubicado en una zona imprecisa y ambigua, del que no se sabe si esta vivo o muerto.
La ausencia del cuerpo da lugar a la especulación sobre la posibilidad de que reaparezca con vida. Entonces, en un primer momento, los sobrevivientes venían a denunciar una verdad que se hacía intolerable. También la existencia misma de los sobrevivientes ponía en cuestión, de alguna manera, otras certezas como la idea de que una vez en manos de los milicos el destino inmediato era la muerte, por lo que el hecho de sobrevivir a la experiencia concentracionaria se volvía imposible de entender. Sobrevivir implicaba además una contaminación a partir del contacto con el otro, ese mal absoluto, y más aún, ante la idea de que el prisionero “algo habrá hecho” o negociado para sobrevivir.
En el caso de las mujeres esta dimensión se carga de un matiz muy particular que es la idea de que ese contacto estuvo teñido por la entrega sexual al torturador y represor. Y que de esa contaminación ya no se vuelve, uno quedó convertido en otra cosa. En los relatos de gente que se topaba con los sobrevivientes en los últimos años de la dictadura o en los primeros de la democracia aparece la percepción de que era mucho más intolerable verlos con vida que seguirlos pensándolos muertos. Eran como presencias fantasmagóricas. En tercer lugar, es inaudible el balance político que vienen a enunciar los sobrevivientes. En la medida que la figura del desaparecido alimentó entre los familiares y en ciertos círculos militantes una suerte de mito heroico, su contracara del sobreviviente como traidor es funcional y complementaria. Pero además cuando estos sobrevivientes, que han padecido brutalmente en sus cuerpos la derrota del proyecto de insurgencia armada de los 70, se animan a enunciar un discurso autocrítico de la opción por la lucha armada, eso no puede escucharse.

H: ¿Cómo se explica que haya sobrevivientes de algunos campos, porqué crees que eligieron que algunos vivan?

Ana: Como explica muy bien Pilar Calveiro, no hay una racionalidad selectiva o un parámetro común que se aplique a todos los sobrevivientes. En principio, hay que tener muy en claro que eran los represores los que decidían quiénes morían y quiénes no. Además, se encargaban de subrayarlo enfáticamente cuando impedían los suicidios con cianuro y resucitaban a los torturados. En su lógica para mantener con vida a ciertos prisioneros podía pesar la especulación sobre extraer algún beneficio de ellos por la importancia simbólica del prisionero, su posición dirigente dentro de una organización, su condición pública o su vínculo familiar con algún militante buscado. Esto lo convertía en botín codiciado o prenda de negociación. Pero eso no era un patrón regular, ya que en general se trataba de selecciones azarosas, algunas veces mediadas por la decisión personal de algún represor que establecía un vínculo de afinidad o protección con determinado prisionero. Poco a poco, también empezó a tallar la voluntad de vivir (y de dar testimonio) de los propios prisioneros, en la medida en que se articularon algunas estrategias colectivas o individuales para sobrevivir. Desde colaborar con los captores en determinadas tareas, hasta simularlo, o bien, en muy pocos casos, lograr huir.

H: ¿Qué dejó en vos haberlo escrito, recibiste el comentario de algún sobreviviente?

Ana: Sí, fue sorprendente y reconfortante para mí. Varios sobrevivientes, militantes y lectores en general me escribieron para establecer un diálogo a partir del libro. Algunos me decían que allí había argumentos que ellos mismos pensaban o charlaban por lo bajo pero que hasta ahora no se había dado francamente esa discusión en la escena pública. Quizá sea hora de animarnos a pensar colectivamente ciertas cuestiones dolorosas desde posiciones menos rígidas y binarias y sin erigirnos en contralores éticos de los comportamientos que otros atravesaron en situaciones tan extremas de arrasamiento de la condición humana que estremece imaginar qué haría cualquiera de nosotros en ese trance. Y eso me parece indeclinable y urgente, sobre todo porque están implicadas personas que respiran, que han sufrido mucho y que necesitan de nuestra mayor capacidad de comprensión.



02 Sep 2009 23:40 | Autor: Maria | Web:

Asunto:

Excelente entrevista y muy bueno el nuevo diseño de la página

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